las estrellas de mi madre

Colaboración: Las estrellas de mi madre

Por Lilia Rivera

Texto sobre siete enfermeras con diferentes historias de vida. Siete estrellas que alumbran a quienes cuidan.


Magali Rivera. Mi madre estuvo postrada en la cama a raíz de varios derrames cerebrales. Después de 10 días y dos vueltas al hospital, mis hermanas y hermanos decidieron que la mejor opción para que ella “viviera” sus últimos días de la mejor manera posible, era sacándola del hospital. Así que nos la llevamos a su casa, en Nezahualcóyotl, Estado de México, le pusimos una cama de hospital, un concentrador de oxígeno, un colchón para evitar las llagas, y una enfermera las 24 horas del día. Pensábamos que era el fin, pero su agonía duró 2 años, 5 meses.

Durante esos 29 meses siete enfermeras que se hicieron cargo de ella en distintos momentos; todas ellas mujeres con un rostro, un nombre. Una vida bastante difícil, llena de esfuerzo, como si de por sí dedicarse a esa profesión no lo fuera, como si a fuerza la historia tuviera que repetirse de esa manera de por vida.

Así es como las recuerdo:

Mary es de Michoacán; chaparrita, de ojos verdes, siempre parlanchina. Vive en Ecatepec, así que no recorría grandes distancias para llegar a la casa de mi mamá. Compartía su vida como si la que escribe fuera amiga suya de toda la vida. Nos podíamos pasar platicando horas cada una a un lado de la cama y la angustia de ver a mi madre en ese estado era más pasadera. Ella se hacía cargo de su nieta como si fuera su hija. En ocasiones tenía ánimo y tiempo para salir a pasear con sus amigas. Eso siempre me gustó de Mary, no se ponía barreras, aún a pesar del trabajo extenuante tenía ánimo para dedicarse a ella misma. Mary quería estudiar Medicina, pero su papá le dijo que no, que ella era mujer y no iba a gastar dinero en ella; a lo mucho, si quería estudiar algo, tendría que ser enfermería. Yo creo que hubiera sido excelente médica.

Ángeles es una mujer muy joven, con dos hijos y un marido que, todo parecía indicar, le daba más problemas estando con ella a que si estuviera sola. Su meta era llegar a ser enfermera de una institución de salud pública y ya tenía planes para presentar un examen y hacer su sueño realidad. Espero que lo haya logrado, se lo merece. Ella venía desde Tláhuac.

Enfermeras, mujeres

Jenifer es aún más joven, parece modelo, es muy alta, de cabello largo, ojos brillantes. Vivía en Chimalhuacán. Cuando venía a casa de mi mamá, no tenía hijos. Le encantaba cantar: cantaba cuando movía a mi mamá, cuando le hacía su comida, cuando se sentaba a comer. Su hermano estaba a cargo de ella, él era su adoración. Decía que le hubiera gustado mucho estudiar en la UNAM, pero no tuvo a alguien cerca que la guiara para que por lo menos lo intentara. Jenifer estaba comenzando en la enfermería cuando comenzó a cuidar a mi mamá, le daba miedo lastimarla y se esmeraba mucho para no dañarla. Yo la veía como si fuera mi hija, cuando me tocaba ir a ver a mi mamá, le llevaba un cereal, que le encantaba. Era fascinante ver cómo se maravillaba con las cosas más sencillas. Jenifer se fue de casa de mi mamá para casarse e irse a vivir a Oaxaca. Tengo un presentimiento de que las cosas no salieron como ella se lo esperaba.

Tania es de rasgos indígenas, con una fuerte personalidad; la recuerdo por su cuidado personal pulcrísimo y austero. Fue la enfermera más callada de todas, no parecía haber poder humano que la hiciera hablar, era infranqueable. De ella sólo sé que estaba casada, no tenía hijos y venía desde Amecameca. Su vida tampoco era fácil.

Y llegó Maricruz, con la vocación de la enfermería pulsándole en las venas. Todos los días que atendió a mi madre, lo hacía con todo el cariño y la atención posibles. Ella enseñaba a las demás enfermeras a mover a mi mamá, a cambiarle la sonda, a checarle el oxígeno, todo el tiempo le preguntaban cómo se hace esto, cómo se hace lo otro. Había trabajado en un asilo y tenía toda la experiencia del mundo. Si con Mary me la pasaba platicando, con Maricruz contaba los días de cuando me tocaba ir a ver a mi mamá y que estuviera ella; esos días se convirtieron en mi propio espacio para encontrarme con una mujer con la que me aliviaba y fortalecía sentir toda esa empatía, escaparme y desconectarme un rato de mi casa y de mis hijos, lo cual era un tanto contraproducente porque Maricruz tiene dos hijos de las mismas edades de los míos –pero ella es una madre realmente joven–, lo que hacía que los suyos y los míos se volvieran tema de conversación interminable, así que me escapaba de mis hijos para hablar de ellos. Por cierto, Maricruz se salía a trabajar con toda la confianza de dejar a sus hijos al cuidado de otra mujer: su hermana. No vi nunca en el paso de estas mujeres el apoyo de un hombre al cuidado de los hijos, ya no digamos haciéndose cargo del trabajo doméstico. Maricruz tenía que viajar más de dos horas para llegar a la casa de mi mamá, se trasladaba desde algún pueblo de Xochimilco; fue la que más tiempo estuvo con mi mamá.

enfermera

Estela fue la que menos tiempo atendió a mi mamá; ella venía de Ciudad Neza, muy cerca de la casa de mi mamá. Su estancia era sólo para suplir a Maricruz, que se ausentó temporalmente por una situación apremiante. Estela tenía dos hijos y el más chico se acababa de quedar en un Conalep en el turno vespertino. Me decía que le daba terror pensar que le fuera a pasar algo en la noche. Yo creo que Estela andaba escapando de su casa y de algún modo se encontró cómoda en la de mi madre, porque montó en cólera cuando se enteró de que ya no iba a hacerse cargo de ella.

Finalmente llegó Isabel, una mujer alta y morena y sin embargo carente de habilidad para mover a mi madre, pero le hablaba siempre con una dulzura que no escuché de ninguna otra enfermera. Para mí, Isabel era como el yang de Maricruz, era muy difícil entablar una plática con ella, parecía que se cuidaba de qué palabras decir y para tratar de complacerme me decía que sí a todo, lo cual me resultaba un tanto desesperante; además, para ese entonces ya estábamos muy cansadas, por lo menos las cuatro hermanas. Sé que Isabel tiene un hijo al que casi no ve, y que vive con sus papás; se hace cargo de ellos y ellos de ella.

Todas, a excepción de Estela a mi parecer, fueron estrellas que irradiaron su brillo sobre mi madre. No me extraña. A casi seis meses de su muerte, aún me detienen en la colonia donde vivió, personas que me dan la mejor de sus opiniones sobre ella, que la recuerdan con mucho cariño, siempre indómita, jamás rendida. La más brillante de todas esas estrellas fue Maricruz; dejó una huella extendida por lo menos en mí, que me hace recordarlas entrañablemente, a ella y a mi mamá, lo que atenúa el amargo sabor de ese tiempo.

Manos de la abuela
Mano de Magali, fotografía de Lucía Rivera

Durante más de 515 días la estancia de mi madre en el purgatorio, estando sin estar, yéndose sin terminar de hacerlo, fue un tiempo suspendido que nos permitió conocer la historia de estas mujeres, todas con algo en común además de su profesión: más solas que acompañadas, cabeza de familia la mayoría, trabajando siempre para cuidar a otras y otros: sus pacientes, sus hijas e hijos, sus hermanas y hermanos, sus padres, sus parejas disfuncionales.

Además de esas siete mujeres estaba Adelina, que prácticamente se encargaba de la administración de la casa. Pero la historia de Adelina se cuenta aparte,  y no me corresponde a mí contarla.

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